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Testamento de Hernando Colón

 

El testamento de don Hernando Colón puede dividirse en dos partes diferenciadas como bien comenta en su estudio crítico y transcripción del mismo don José Manuel Ruíz Asencio. La primera parte lo constituye un testamento clásico con las partes claras y bien definidas, entre las que destaca la elección de sepultura y disposiciones para el entierro, mandas dedicadas a familiares y criados. La segunda parte se puede considerar un verdadero reglamento para la conservación y aumento de la biblioteca fernandina.

Se ve claro que este varón tan singular, sentía por lo que aquí dejaba una sola preocupación, que se cifraba en sus libros.

En su testamento, don Hernando Colón, habla de las obligaciones y compromisos que ha de aceptar, cuando él muera quien herede los libros, el cual, en principio, los tendrá sólo en depósito; también menciona las rentas que se dedicarán a comprar nuevas obras, a su conservación material y a las personas (latinos, letrados, sumistas, maestros) que entenderán en la organización sistemática de los mismos. Todo controlado por un visitador o inspector que nombrará el depositario, fuera éste quien fuere.

Dispone la forma en que han de estar colocados los volúmenes (en sala grande y propia dentro de cajones y puestos de canto con su título y signaturas a la vista), su distribución (por facultades o materias), la protección externa del libro, etc.

En el orden administrativo indica la necesidad de llevar un libro o registro de libros duplicados; otro, de gastos generales; anotando los posibles ejemplares perdidos. Sobre la adquisición de los libros, dentro y fuera de España, las cláusulas son largas y prolijas pero bien reveladoras del nuevo y original sistema de buscarlos, comprarlos, pagarlos y hacerlos llegar a Sevilla.

De esta manera, ordenó y detalló incluso, cómo cada seis años, había de ir a Nápoles un “sumista” de “tienda en tienda y libro por libro” con el Catálogo de la librería, para ver qué faltaba en ella, para que lo comprase. De allí habría de ir a Roma, Pisa, Florencia, etc. donde haría lo mismo. Y así sucesivamente por distintas ciudades, para desde Venecia transportarlos por mar a Cádiz.

Por último, nombra bibliotecario al bachiller Juan Pérez, a quien señala un sueldo de sesenta ducados, con cargo de residir cada día y trabajar cinco horas entre la mañana y tarde en la biblioteca.

El testamento de Hernando nos ha proporcionado abundantes datos, que evidencian su amor a las letras y libros. Pero el albacea de su testamento, Marcos Felipe, nos confirma esos preciosos pormenores en sus declaraciones sobre la ejecución de su última voluntad.

 

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Institución Colombina
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